Escrito en EIB MOZ EKIM | 1 comentario
Habló Dios: “sean las cosas”; sometiendo al Caos a la forma. Dios dijo y las cosas fueron. En ese momento todo encontró su lugar, nada escapó al orden.
Creado el Hombre, nombró lo que vio, iluminó con la palabra al ser. Sonido luminoso que incendia cuanto toca, aguda llama de grave extinción, vibra y se devora. Todo partió ese pensamiento ordenado y verdadero; consiente de la gula, éste se sabía vacío. Obligado a morder la manzana avanzó al árbol – el hombre conoció su condena- y se tragó esa con-ciencia.
Mató a su hermano, por amor. Cuando siguió solo (cumpliendo su papel) la envidia le llegó a justo tiempo. El hambre por el conocimiento tiró a Dios de la bóveda celestial.
Cobrando propia razón de su existencia, el mundo pereció en el andar de los siglos. Proyectada a la ciencia y sin dioses, la muerte empezó con el silencio del pensamiento, el ideal vacío. De éste primer día, resurgimos y descansamos.
Yo y mis hermanos, -trozos de carne salpicada en la Tierra- fuimos enterrados con nuestros cuerpos boca abajo.
En el primer día el suelo se partió liberando un hedor a nueva vida y resurgimos del campo santo. Caminamos con pupilas níveas, ya que el color que conocíamos desapareció entre los tonos grises de nuestra percepción. Con la lengua llamamos a los demás y ellos vinieron a nosotros. Estas palabras, que se encendieron en nuestra mente, estallaron en las fauces para reencontrarse en el punto del que partieron las despedidas del Edén, el primer incendio del pensamiento.
Caminamos en yermos campos, buscando el olvidado sabor de nuestro letargo. Mas no funcionó, el vacío impide la reunión universal. Hablamos en voz baja, casi en silencio y explotamos impulsados hacía otra dirección con destino a nosotros mismos. Pálidos jinetes montados en palabras que al final darán la vuelta al universo.
Montamos el caos con nuevas explosiones –aún sin domarlas- y al pronunciarse todas en el nuevo omega, el mundo será lamido por la lengua de fuego que las ha generado.
Del humo de cigarrillos, encadenada materia; formamos el orden con el ligero recuerdo de los cuerpos que se movían en el aire. Apagamos el incendio con la lengua, saboreando la etérea tarea ya sin vida. Encontrándonos caídos por la iluminación de nuestras palabras, reconocimos que conocemos cuanto vemos y deseamos; es, lo que nos regresa el brillo a la frente. Pero más importante es la sombra, ya que caminar es caer en ella. Aquí es donde descansamos del primer día.
–¿Tienes el encendedor?— Dios preguntó.
- ¿cuánto podemos consumir? – el alma respondió – ya que posaré firme, indestructible.
-Ya estoy cansado. – reconoció el espíritu.
-¿vamos por otra cajetilla? – el humano interrumpió.
Y avanzamos y no avanzamos con un andar seguro, tirados en el piso.
Alcanzar y desear.
Derrotados desde el principio.
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Éste espacio es el vacío que dejamos en nuestras tumbas. Porque seguimos vivos y no queremos hacerlo así. Soñamos con estar muertos y ansiar la vida. Conocemos para poder copiar, imaginamos para escapar y en la huida olvidamos el camino de regreso.
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