Salí a caminar como acostumbraba, parte de esa rutina era revisar con cuantos cigarrillos contaba. Quedaba uno en la cigarrera, tenía que solucionarlo. Caminaría entonces hasta la manzana de Lázaro para conseguir más de mi marca preferida, motivo de mis largas caminatas para satisfacer mis deseos. Saqué el cigarro y guardé mi cigarrera, dejé mi mano en la bolsa junto con ella. En ambos lados tenía un grabado de la serpiente que se devora a sí misma, recorría esos bordes con los dedos hasta completar el círculo, una y otra vez, hasta que, la imperante necesidad de encender el cigarrillo reclamaba mi mano.
Detuve mis pasos ya en la manzana, mientras intentaba encender el cigarro; un hombre en cuya presencia no había reparado exigió “Fuego”, como autómata o adicto, puede encender su cigarrillo sin levantar la mirada, seguí con mi camino.
Solo alcancé a ver que fumaba algo poco usual en la zona, al doblar la siguiente esquina y pasar junto a un hombre que fumaba, tuve un sentimiento de familiaridad con él, no le dí gran importancia y seguí caminando, el hecho se hizo notorio cuando sentí lo mismo en la otra esquina, pero esta vez, reparando en la figura de un hombre, que encontré en la siguiente y nuevamente en la próxima esquina a la cual llegué agitado, pues quería correr de él, pero también estaba adelante. Así que doblé al sentido contrario para regresar a mi casa. Repitiendo el encuentro en cada esquina, con ese cigarrillo que nunca se terminaba.
Cuando estuve frente a mi casa le encontré, escuché que sarcásticamente decía “¿Fuego?”.
Abrí con violencia el cerrojo de mi puerta, me arrojé dentro, pero no alcancé a cerrar la puerta, cuando una mano dentro lo hizo por mí, inmediatamente después, me tomó del cuello y me miró, me reconocí y la serpiente siguió devorándose.
Ahora saldré a dar mi paseo de todos los días, pero ya no revisaré la cigarrera, no tiene sentido, pues cuando regrese, después del afectuoso saludo, encontraré un paquete de cigarros ajenos justo con la mitad que me corresponde.